Más de seis de cada diez dominicanos no se sienten identificados con los partidos políticos, un hallazgo de la última encuesta de ACD Media que apunta hacia un creciente desarraigo partidario y revela un fenómeno más complejo que el desgaste circunstancial de las organizaciones tradicionales.
La tendencia se ha acentuado en las últimas mediciones de ACD Media. En mayo, quienes no expresaban simpatía por ningún partido representaban 54.5 % y en julio aumentaron a 55.6 %. La encuesta de agosto eleva el porcentaje a 60.6 %, un crecimiento de 6.1 puntos en apenas tres meses.
La desafección partidaria no significa necesariamente desafección política. Un ciudadano puede rechazar la identificación con unas siglas y, sin embargo, interesarse por los asuntos públicos, participar en campañas y acudir a las urnas. La propia encuesta permite apreciar esa diferencia. Aunque apenas 39.4 % reconoce simpatizar con algún partido, PRM, Fuerza del Pueblo y PLD reúnen conjuntamente 68.1 % cuando se pregunta por cuál organización votaría si las elecciones presidenciales fueran hoy
La brecha indica que una proporción considerable del electorado está dispuesta a votar por organizaciones con las cuales no mantiene un vínculo de pertenencia. Los partidos conservan capacidad electoral, pero su arraigo social resulta considerablemente menor.
La crisis de los partidos
Durante décadas, las principales organizaciones dominicanas fueron comunidades políticas además de maquinarias electorales. Ser reformista, perredeísta o peledeísta formaba parte muchas veces de la identidad personal y hasta familiar. Existían locales activos, organismos intermedios, reuniones, formación política y militantes unidos por historias y lealtades que frecuentemente pasaban de una generación a otra.
Ese modelo ha perdido vigor y parece ceder ante una relación más circunstancial y transaccional. El ciudadano puede votar por una organización sin considerarse parte de ella, convirtiendo al partido cada vez más en vehículo para ejercer una preferencia electoral y menos en espacio permanente de participación política.
Los números reflejan esa transformación. El PRM registra 17.9 % de simpatía, el PLD 11.2 % y Fuerza del Pueblo 7.8 %. Cuando se pregunta por intención de voto partidario, sin embargo, alcanzan 29.1 %, 18.5 % y 20.5 %, respectivamente.
La encuesta no pregunta directamente las razones del desapego, por lo que cualquier explicación causal requiere interpretación. Una de ellas puede encontrarse en el debilitamiento de las diferencias ideológicas. Las grandes organizaciones dominicanas compiten hoy mucho más alrededor de candidatos, desempeño gubernamental y capacidad para administrar el Estado que sobre proyectos de sociedad claramente diferenciados. Cuando las fronteras doctrinales se vuelven borrosas, disminuyen también los incentivos para construir una identidad permanente alrededor de unas siglas.
A ello se suma la mutación de los partidos, de militantes a estructuras predominantemente electorales. Buena parte de aquella actividad cotidiana de comités, formación, discusión y organización social ha perdido importancia, mientras las estructuras cobran intensidad cuando se aproximan primarias, candidaturas y elecciones. El vínculo con el ciudadano corre así el riesgo de reducirse al momento en que se necesita su voto.
Pérdida de los grandes liderazgos
También pesa el cambio generacional. Una parte creciente del electorado no vivió las grandes confrontaciones políticas del siglo XX ni desarrolló su identidad alrededor de Joaquín Balaguer, José Francisco Peña Gómez o Juan Bosch. Las nuevas generaciones se informan, debaten y organizan crecientemente en espacios digitales, donde resulta más frecuente adherirse temporalmente a personas y causas que asumir fidelidades partidarias duraderas.
La desaparición de aquellos grandes liderazgos fundacionales dejó además organizaciones menos cohesionadas por una historia compartida. Las divisiones del PRD y posteriormente del PLD fragmentaron identidades que durante décadas parecieron sólidas y demostraron que dirigentes y militancias podían desplazarse de unas siglas a otras.
El transfuguismo, las promesas incumplidas y la percepción de que el acceso a empleos, contratos y posiciones públicas ocupa un lugar importante en la actividad partidaria pueden haber contribuido igualmente a convertir la relación política en otra meramente utilitaria. Si dirigentes cambian de organización sin modificar sustancialmente sus posiciones, resulta más difícil pedir al ciudadano una fidelidad que una parte de la propia clase política no practica.
La paradoja dominicana
Surge entonces una paradoja dominicana. Los partidos pueden estar perdiendo raíces sociales mientras mantienen una considerable fortaleza institucional gracias al financiamiento público, los cargos electivos, las posiciones gubernamentales y sus extensas estructuras territoriales. Pueden hacerse más dependientes del Estado precisamente cuando la sociedad se hace menos dependiente de ellos.
La experiencia latinoamericana demuestra que semejante proceso no conduce necesariamente a la desaparición inmediata de los partidos. Chile experimentó una profunda erosión de las antiguas identificaciones antes de la fragmentación posterior de su sistema político, mientras Perú ofrece un caso más extremo de organizaciones debilitadas y vehículos electorales de corta duración.
República Dominicana está lejos todavía de esos escenarios, pero la tendencia convoca atención. El 60.6 % registrado por ACD Media advierte sobre una crisis de arraigo y representación, aunque no demuestra aún una crisis terminal de los partidos.
Los dominicanos continúan votando por las organizaciones políticas. Lo que parece debilitarse es el vínculo que durante décadas convirtió al votante en partidario y al partido en algo más que una maquinaria para ganar elecciones y repartir prebendas.