En el corazón de Santo Domingo Este, día tras día el Hospital Traumatológico doctor Darío Contreras se llena de historias marcadas por accidentes de tránsito, en su mayoría evitables, que reflejan una realidad persistente en las calles de un país con una de las tasas más altas de fallecimientos por siniestros viales.
Pero es en la Emergencia donde todo se intensifica. La puerta permanece abierta todo el tiempo, recibiendo a quien llegue.
Los fines de semana, el ritmo se acelera. Desde la entrada, el sonido de las ambulancias se escucha de manera constante. Llega una tras otra. Algunas pertenecen al Sistema de Atención a Emergencias 9-1-1, otras son privadas. También arriban en vehículos de particulares.
Los paramédicos bajan con rapidez, colocan a los pacientes en camillas y los llevan hacia el interior con urgencia, sin tiempo que perder.
Hay pacientes que llegan conscientes, quejándose, tocándose en el lugar donde sienten el golpe; otros apenas reaccionan, inmóviles o con la mirada perdida.
Detrás de cada uno, casi siempre hay alguien. Familiares que caminan o corren, preguntan, insisten, intentan entender lo ocurrido o simplemente buscan verlos un momento más antes de que la puerta de la Emergencia vuelva a cerrarse.
La vida después del impacto
En el segundo piso permanecía ingresada el domingo Jenifer Jaime Dolores, de 35 años. Llegó el sábado, alrededor de las 7:00 de la noche, tras sufrir un accidente en la avenida Núñez de Cáceres, próximo al supermercado Bravo.
Viajaba en una pasola junto a su primo, de regreso a su casa en Haina.
Fue trasladada por una ambulancia del 9-1-1. Desde entonces, espera una operación. Los estudios médicos confirman una pierna fracturada y un brazo dislocado.
La noche transcurrió sin descanso para ella y su madre, Santa Ludina Dolores Mota. El dolor persistía, incluso con medicamentos que no lograron aliviarlo.
Su madre se mantiene pendiente de cada movimiento, cargando no solo con la preocupación del momento, sino también con los recuerdos de otros accidentes en la familia: el de su otro hijo, quien permaneció cinco años en una silla de ruedas.
Jenifer es madre de una niña de ocho años. Tenía apenas días de haber comenzado un nuevo empleo.
- "Mi hija no tiene ni 15 días que empezó a trabajar... Son pruebas que Dios le manda a uno, pero yo digo que, siendo por Él, que venga todo, porque Dios no le da carga a uno que no podamos sobrellevar", dice su madre.
En el hospital también se encuentra Sandy Enrique Tejeda Martínez, de 52 años, quien espera ser intervenido tras sufrir un accidente con un camión en la avenida 27 de Febrero. El impacto fue fuerte. Según su hermana, la parte delantera del vehículo quedó destruida.
Tiene una lesión grave en la pierna y permanece en lista de cirugía, mientras su familia se mantiene atenta a cualquier información del personal médico.
Los motoristas dominan
El perfil de los pacientes revela una tendencia clara: los motoristas dominan las estadísticas. Hombres jóvenes, entre 15 y 39 años, encabezan la lista de ingresos por accidentes. Sin embargo, una nueva realidad comienza a hacerse visible: el aumento de mujeres involucradas en siniestros en motocicletas.
En lo que va del año, más de 1,200 personas han sido atendidas sólo en el área de Emergencia, una cifra que evidencia la magnitud del problema.
Resistir todos los días
Por los alrededores del hospital, se desplazaba con dificultad apoyado en muletas Alexander Santiago, de 38 años. Tiene el pie enyesado, pero aun así sale por su cuenta a la cafetería en busca de algo para comer porque el desayuno del hospital no le gustó.
Su accidente ocurrió el 9 de marzo, en la Ciudad Colonial. Fue trasladado por el 9-1-1 y desde entonces permanece en tratamiento. Necesita una operación en el fémur, pero aún no ha podido realizarse.
Con todo y sus limitaciones, entra y sale, no se detiene.
En las inmediaciones del hospital también caminaba Greice. Su hermano, Miguel Ángel, de 23 años, sufrió un trauma craneoencefálico y una fractura en la rodilla tras un accidente ocurrido el 18 de marzo en la autopista San Isidro.
Inicialmente fue llevado al Hospital Militar Docente FARD Dr. Ramón de Lara y posteriormente trasladado al Darío Contreras. La familia se enteró del hecho en la noche, cuando un amigo llegó hasta su casa para avisarles.
El joven necesita ser operado, pero tiene miedo al procedimiento. La situación mantiene en tensión a sus familiares, que aún intentan asimilar lo ocurrido, sobre todo al saber que el accidente fue en un motor que ni siquiera es de su propiedad.
Una realidad que se repite
Sentado frente a un muro para tomar el sol debido al frío que siente, se encuentra un hombre de unos 50 años. Hace cuatro meses sufrió un accidente y desde ese día su vida cambió. Tiene la mano afectada, una varilla en el brazo, vendas que cubren parte de su mano y una cirugía pendiente.
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También se encuentra ingresado Makenson Merisier, quien sufrió un accidente en Boca Chica mientras regresaba de su trabajo en la tarde del sábado. Presenta una fractura en el pie y tiene un yeso. Según su esposa, fue impactado por otro conductor cuando se desplazaba en su motor, lo que provocó la caída y la lesión.
El dolor no siempre encuentra respuesta
A las 10:36 de la mañana del domingo, una joven de 20 años llega al hospital con evidente dificultad. No puede caminar por sí sola. Se sostiene de otra persona y de su madre mientras repite, casi sin fuerzas: "Me duele, me duele".
El dolor se concentra en el abdomen, su rostro lo refleja. Apenas logra mantenerse en pie.
Un agente de seguridad pregunta por su condición y la dejan pasar hacia el área de Emergencia. Minutos después, vuelve a salir con el dolor persistente. Se sostiene el vientre, intentando no caer. "No la atendieron", dice su pariente.
La respuesta provocó indignación en su madre, que insiste en que al menos le debieron administrar un calmante. Ante la situación, la familia decide trasladarla a una clínica.
Movimiento policial
En medio del flujo habitual de pacientes, también llegan unidades de la Policía Nacional. A las 10:29 de la mañana del domingo, se presentan dos equipos: uno de procesamiento de escena del crimen y otro de homicidios, con cuatro agentes.
Una Emergencia que no se vacía
Con el paso de las horas, la Emergencia se llena cada vez más. La mañana avanza, pero el flujo de pacientes no disminuye.
El área está ocupada por personas en sillas de ruedas y camillas. Pacientes con extremidades inmovilizadas ocupan cada espacio disponible, con brazos enyesados, vendas visibles y rostros marcados por el dolor constante.
Los pacientes están separados apenas por cortinas a medio cerrar. Dentro, el personal médico se mueve con precisión porque la rutina no reduce la tensión: cada paciente es una urgencia distinta.
Los emergenciólogos evalúan las condiciones, decidiendo quién necesita cirugía inmediata y quién puede ser tratado de forma ambulatoria. Es un ejercicio continuo de priorización, donde el tiempo es determinante.
Las puertas siguen en movimiento constante. Se abren, se cierran y se vuelven a abrir con camillas que entran con nuevos pacientes y otras que salen hacia diferentes áreas del hospital.
La escena se repite con una constancia que ya parece normalizada. No solo son los heridos; los acompañantes también forman parte del congestionamiento.
Un espacio para los desaparecidos
Al lado de la puerta de entrada del hospital, en el área de papeleos, pagos y gestiones administrativas, hay un mural pegado en la pared con fotografías de personas desaparecidas.
Son hojas impresas con rostros, nombres y números de contacto de familiares. En cada una se repite la misma palabra: Desaparecido.
Buscando respuestas
Fuera del hospital, los familiares permanecen en los alrededores: algunos apoyados en paredes, otros caminando de un lado a otro. Muchos tienen papeles en las manos, mochilas o fundas con pertenencias.
Hay quienes no tienen certeza de si su familiar está dentro.
Un grupo de tres personas espera noticias de un pariente accidentado la noche del sábado. Se enteraron del hecho porque su jefe lo llamaba y alguien desde el hospital respondió la llamada. Desde entonces, no logran verlo ni conocer su estado.
La incertidumbre reina entre quienes esperan respuestas: madres, padres, hermanos y adultos mayores. Algunos describen la ropa con la que andaba su familiar; otros repiten nombres, buscando coincidencias.
Muchos prefieren mantenerse cerca de la entrada, donde sienten que tienen más posibilidades de saber algo.
También hay quienes llegan a ganarse el sustento diario. En un punto, una vendedora ambulante ofrece pantaloncillos, bacinillas y wipes.
En muchos casos, los pacientes llegan con la ropa rota o cubierta de sangre tras los accidentes. A algunos se las retiran durante la atención de emergencia; otros simplemente no tienen qué ponerse al momento de salir.
A pocos metros, permanece el servicio de taxi. Los conductores esperan atentos, y listos para trasladar a pacientes dados de alta o a familiares que, entre la prisa y la preocupación, necesitan movilizarse de un lugar a otro.
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Servicios y especialidades
Aunque su reputación está ligada a la traumatología, el hospital ofrece un servicio integral de salud. Como institución docente, amplía su alcance a especialidades que incluyen cirugía torácica, estudios de imágenes avanzados como tomografía y resonancia magnética.
También se ocupan especialidades como la oftalmología, nefrología, endocrinología y rehabilitación. Incluso, en medio del caos físico, se abre espacio para la atención en salud mental, reconociendo que muchas de las heridas que llegan no son solo visibles.
Aun así, el flujo constante de pacientes plantea una interrogante de fondo: ¿hasta qué punto el sistema puede sostener esta carga?
El Darío Contreras no solo atiende emergencias, también refleja las fallas estructurales de una sociedad donde los accidentes de tránsito siguen siendo una de las principales causas de trauma. Cada camilla ocupada cuenta una historia que, en muchos casos, pudo evitarse.
Entre fracturas, cirugías y largas esperas, el hospital continúa operando como un punto de resistencia. Allí, donde el dolor es cotidiano, también persiste algo más silencioso: la lucha constante por devolver movilidad, estabilidad y, sobre todo, esperanza.








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