martes, 29 de septiembre de 2026

¿Quiénes son «los Hijos de Juan LeLé»?: dinastía del Grupo de Atabales San Miguel en Guerra

 Los hijos de Juan Lelé-- folklore SM.

En el corazón de la provincia Santo Domingo, donde el rumor de los cañaverales y la brisa del campo dominicano se entrelazan con el bullicio del municipio de San Antonio de Guerra, retumba un eco que desafía el paso del tiempo. No es solo música; es un pacto sagrado con lo invisible.

Es el sonido seco, percutido y profundo de los atabales (palos) que levantan el polvo de los bateyes y encienden la memoria afrodescendiente de la nación. Allí, donde la devoción popular se vive sin intermediarios, convergen «Los Hijos de Juan LeLé», un grupo de atabales que representa mucho más que una propuesta artística: son los custodios vivos de una estirpe de servidores de fe.

Juan Lelé y su dinastía.
Juan Santana «Juan Lelé» el patriarca de una descendencia de servidores a San Miguel./Fuente: Adalgisa Corcino.

Funcionan bajo una estructura de cofradía familiar tradicional, donde el relevo generacional y la ejecución de los palos se transmiten de padres a hijos y sobrinos dentro del mismo tronco familiar. La identidad del grupo está colectivizada en el apellido Santana y en la memoria del clan más que en individualidades comerciales.

Sin embargo, son reconocidos en el argot y ecosistema del folklore religioso respondiendo a los nombres de Danny, el hermano servidor de misterios; Reynaldo (Rey), Bernardo (Naldo), Santiago Rafael (Arismendi), Juan Miguel (Juancho) y Pablo Domingo (Cabo), originalmente, estos son hijos de Juan Santana (Juan Lelé), a quienes se han integrado amigos convertidos en familia como Roberto, Chanchi y el primer hermano fallecido, recientemente, quien respondía a Orlando. A estos se les suman hasta tres generaciones que siguen con el legado.

La Fe en Familia: El legado sanguíneo y espiritual de Juan LeLé

Para comprender la magnitud de esta agrupación es necesario mirar hacia su génesis, profundamente arraigada en lazos de sangre. La figura patriarcal de Juan LeLé encarna la semilla de este compromiso espiritual y musical.

En el universo de las cofradías y los toques de palos dominicanos, el conocimiento no se aprende únicamente en partituras, sino en la oralidad de la cocina campesina, en el patio bajo la sombra de un higo y en la observación rigurosa del toque que transmiten los mayores.

Reynaldo y Bernardo Santana tocando los atabales el 29 de septiembre de 2016./Fuente: Adalgisa Corcino.
Reynaldo y Bernardo Santana tocando los atabales el 29 de septiembre de 2016./Fuente: Adalgisa Corcino.

Los hijos y descendientes de Juan LeLé heredaron los tambores no como un pasatiempo, sino como una promesa de vida. En la religiosidad popular dominicana, tocar los atabales es cumplir con un compromiso sagrado contraído con las divinidades —en este caso, con San Miguel Arcángel, el general de los ejércitos celestiales—.

Si un miembro de la familia sanó de una enfermedad grave, si el hogar sorteó una crisis o si se imploró protección ante las adversidades de la ruralidad, la respuesta siempre fue la misma: levantar un altar, encender velas rojas y verdes, y pagar con el sudor de la percusión y el canto de las salves. La música se convierte, así, en la ofrenda más alta; cada golpe al tambor macho y hembra es una oración elevada al cielo.

Anatomía del ritmo: ¿Qué música interpretan los Hijos de Juan LeLé?

Musicalmente, la agrupación se adentra en el género raíz de los atabales o palos, una de las expresiones folclóricas de mayor pureza africana en la República Dominicana. Su instrumentación es minimalista pero de una potencia telúrica incalculable:

Los atabales: Tambores cilíndricos de madera revestidos de cuero de chivo, ejecutados a mano limpia (el tambor mayor o hembra, que marca el repique y la improvisación, y el macho, que sostiene la base rítmica invariable).

La güira: Instrumento metálico raspado que aporta el compás y la brillantez sincopada.

Las voces: Un coro responsorial liderado por un solista que entona salves de invocación, décimas y cantos devocionales.

El repertorio de Los Hijos de Juan LeLé no solo está consagrado a San Miguel Arcángel (venerado en el sincretismo religioso como el guerrero indomable, protector de los caminos y deidades como Belié Belcán), sino que también abre espacio a todo el panteón del santoral popular dominicano: San Antonio de Padua, Santa Marta, San Santiago y los misterios del tronco espiritual.

Sus letras narran historias de batallas espirituales, protección contra el mal y la permanente gratitud hacia los favores concedidos. Asimismo, son contratados a nivel nacional para tocar y animar las fiestas que son ofrecidas a la 21 División de los misterios de luz, cantando temas y composiciones originales para Santa Ana (Anaisa), Santa Marta (La Colorá), Papá Candelo o Candelo Cedifé, jefe de la división; San Elías, San Santiago, y con estos, a todos los santos que son protectores religiosos de cada dominicano y sus hogares. «La luz de Papá Candelo».

La geografía de la devoción: ¿Dónde suenan los atabales?

A diferencia de la música comercial que habita los grandes escenarios urbanos, el circuito de los Hijos de Juan LeLé responde a una cartografía mística y comunitaria:

Las enramadas y altares domésticos: Su espacio natural por excelencia. En los patios de las casas de San Antonio de Guerra y comunidades aledañas, se levantan ramadas temporales de guano y madera donde se celebran las tradicionales «fiestas de palos» o novena en honor a San Miguel (cuya festividad central convoca multitudes cada 29 de septiembre).

Bateyes y zonas rurales: Espacios donde la resistencia cultural ha mantenido vivas las raíces haitianas y dominicanas de la percusión ritual.

Festivales de Folklore e Instituciones Culturales: Eventos nacionales que buscan rescatar el patrimonio intangible, donde la agrupación es convocada para mostrar la autenticidad de la raíz campesina ante las nuevas generaciones y el público académico.

Resistencia cultural y catarsis colectiva

El valor de Los Hijos de Juan LeLé trasciende lo musical; constituye un pilar de resistencia cultural. En una época dominada por la inmediatez digital y la hipermercantilización sonora, estos músicos actúan como museos vivientes de la identidad afrodominicana.

Asimismo, la fiesta de palos liderada por la familia cumple una función de salud mental y cohesión social incalculable en las comunidades rurales. El trance devocional, el baile colectivo alrededor del tambor y la catarsis de la salve permiten a los creyentes procesar el dolor, las penas y el cansancio de la cotidianidad mediante el consuelo de la fe comunitaria.

Mantener este legado vivo, atrayendo a los jóvenes del clan a aprender los complejos patrones rítmicos de los atabales, garantiza que el latido ancestral de San Antonio de Guerra no se apague, recordando a cada oyente que, mientras retumben los palos, la historia y la memoria de nuestros ancestros seguirán caminando.

San Miguel en la vida de los dominicanos

Una tradición el 29 de septiembre.
Los hermanos Santana se reúnen el 29 de septiembre cada año para homenajear a su patrón espiritual./Fuente: Adalgisa Corcino.

El valor de San Miguel Arcángel en la vida y el imaginario del pueblo dominicano trasciende con creces el dogma estrictamente católico; es un pilar fundamental de la identidad, la resistencia cultural y el consuelo espiritual de la nación.

En la cultura dominicana, San Miguel ocupa un lugar privilegiado por las siguientes dimensiones:

El defensor contra el mal y la injusticia: Para el dominicano de a pie —especialmente en zonas rurales y barrios populares—, San Miguel encarna al general celestial que intercede directamente en las batallas de la vida diaria. Se le acude en busca de amparo frente a la envidia, los enemigos ocultos, las malas energías y las crisis económicas o de salud. Es el escudo protector del hogar.

El sincretismo y la cercanía con Belié Belcán: en el rico universo de la religiosidad popular y los misterios dominicanos, San Miguel se sincretiza con Belié Belcán, una de las deidades (o «loses») más queridas, respetadas y consultadas del panteón dominicano. Esta dualidad hace que el santo no sea percibido como una figura lejana o inalcanzable, sino como un protector cercano, justiciero, de colores rojo y verde vibrantes, que camina al lado del creyente.

Cohesión comunitaria y festividad (el 29 de septiembre): cada mes de septiembre, la festividad de San Miguel moviliza comunidades enteras. Las novenas, las ofrendas y las tradicionales fiestas de palos o atabales no son solo actos litúrgicos, sino espacios de encuentro social donde se teje la solidaridad, se saldan promesas y se fortalece el sentido de pertenencia colectiva.

Identidad afrodescendiente: por medio de la música de palos, los altares domésticos y los cantos de salves dedicados a San Miguel, el pueblo dominicano preserva una de sus conexiones más profundas con sus raíces africanas, convirtiendo la devoción en un acto de resistencia cultural frente al olvido.

Danny Lelé.
Danny Lelé es el servidor principal de los hijos de Juan Santana, quien le pasó el compromiso hace muchos años./Fuente: Adalgisa Corcino.

El dato

Juan Santana: «Juan Lelé» es un reconocido servidor de misterios que arriba a las ocho décadas de vida, siendo curandero y visionario de los favores y milagros que emanan de la espada y la valentía de San Miguel.

El Grupo de Atabales San Miguel ha compartido escenario con los destacados folkloristas dominicanos Roldán Mármol, la fenecida, Enerolisa Núñez de Mata Los Indios y el sociólogo, Dagoberto Tejada. Han recorrido toda la geografía nacional.

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